Caminar (o el arte de vivir una vida salvaje y poética)

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¿Por qué no empezar por una calle? La calle y el trayecto que recorrí cada día durante más de dos años, camino de ida y de vuelta. La calle Bjørnson, sucia y congestionada, filas de bloques de viviendas de obreros a cada lado de la sombra que parece un camino, una arteria de entrada fría y anémica, de acera estrecha, que pasa por la zona de las fábricas y la gasolinera y baja hacia la plaza Danmark, el cruce iluminado más oscuro de la ciudad. Una calle miserable, interrumpida por huellas abrumadoras: un árbol moribundo, la ruinosa casa de madera, un seto cubierto por el polvo de los tubos de escape y la ventana ante la que ella se quita el jersey de algodón.

Una calle miserable, mi dirección postal y mi recorrido favorito para adentrarme en la ciudad. (Ahora que vivo en la otra punta, en un piso limpio y luminoso, con terraza y vistas al puerto, de vez en cuando cojo el autobús hasta la calle Bjørnson para volver a recorrer el mismo trayecto en dirección al centro.) La calle se abre por la derecha hacia la Escuela de Artes y Oficios y Krohnsminde, y por la izquierda hacia los altos bloques de pisos y Solheimsviken. Paso por delante de los aprendices de cocinero que fuman en las escaleras de la escuela bajo sus vaporosos gorros blancos, como si sostuvieran las nubes con sus cabezas, una fila de siete u ocho aprendices de cocinero junto a los aprendices de peluquero, fácilmente identificables por sus peinados, cabelleras rojas y verdes con todo tipo de longitudes y direcciones (una de las chicas se ha afeitado el pelo formando un carril que va desde la frente a la nuca, como si el camino continuara por su cabeza), y sigo de frente, bajando hacia la plaza Danmark. Atravieso por debajo el cruce de carreteras a varios niveles. ¿A la izquierda o a la derecha en el paso subterráneo? El paso subterráneo se divide, hoy escojo la derecha y me acabo alegrando, más tarde, por no haber elegido la izquierda, porque un poco más adelante por la ruta de la derecha, recién pasado el Cine Forum, tras la cuesta que da al estanque de Store Lungegård, en el puente donde yacen los peces agonizantes sobre el asfalto, la luz del sol alcanza una señal de tráfico y yo soy alcanzado por una inesperada sensación de felicidad. No dice más que: eres feliz. Aquí y ahora. Infinitamente. En este instante eres feliz, sin motivo alguno, como un regalo. No hay otra manera de describirlo. No tengo razones para estar feliz, tengo resaca y estoy deprimido después de haber pasado cuatro días bebiendo sin parar, vivo solo en una casa sucia en una calle miserable, duermo sobre un colchón, sin muebles, abandonado por aquella con quien creí que lo iba a conseguir. Estoy destruyéndome a mí mismo, una dura y seria labor de llevarme a la ruina, bebo y me voy disolviendo, y de pronto soy feliz. ¿Por qué? ¿Porque la luz del sol alcanza una señal de tráfico? Pierdo el aliento y he de detenerme. Siento en el cuerpo una claridad cálida y exultante. Se me despabilan los pensamientos y pierden peso, es una experiencia por entero concreta, se me aligeran las ideas y sigo caminando, ahora más ligero, en dirección a monte Nygård y el centro. Lentamente caigo en la cuenta: eres feliz porque caminas.

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Este es un extracto del libro Caminar (o el arte de vivir una vida salvaje y poética), del escritor noruego Tomas Espedal, publicado en el año 2008 por la editorial Siruela.

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